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Spotify contra los monstruos discográficos

Para renovar sus licencias la empresa sueca Spotify tuvo que negociar con las grandes disqueras internacionales. Escudadas en los derechos de autor las distribuidoras de música acaparan el mayor porcentaje de las ganancias y muy poco dinero llega a los creadores.

Cuando decidí abrir mi cuenta en Spotify me sorprendió encontrar gran parte de mis contactos de Facebook. No creía que su popularidad fuera tanta. Me resistía a tolerar sus comerciales entre cada canción. Pero lo que no pude resistir fueron los 3 meses en versión premium por 99 pesos.

Al término de la oferta opté por continuar en el camino de la descarga “pirata”. No encontré algo que me retuviera, aunque debo admitir que su catálogo es amplio. Spotify se coló en un entorno donde los usuarios ya teníamos otros medios para escuchar música. Parte de su estrategia es ofrecer un servicio de prueba gratis de buena calidad que incite al registro pagado.

Hasta ahora cuenta con 40 millones de suscriptores, de los cuales el 25% pagan la versión premium mensualmente. Posee una de las mejores tasas de conversión conocidas. Pero como en toda historia debe haber algunos monstruos a vencer. La empresa de Daniel Ek y Martin Lorentzo se ve presionada a bajar la calidad de su versión gratuita para forzar la conversión de usuarios.

 

El dilema de Spotify, ¿Derechos de autor o de disqueras?

El esquema de derechos de autor no beneficia a los creadores ni a los usuarios. Su cometido es mantener la posición hegemónica de las disqueras creando restricciones artificiales. Estas grandes empresas sobreviven de la explotación y la escasez. Acaparan los ingresos de los músicos y no ofrecen un servicio de calidad a los consumidores.

Es evidente que el alcance que pueden tener los músicos ya no está limitado a la distribución de discos físicos. Contando con tantas opciones para escuchar música en línea es absurdo seguir bajo el régimen de derechos de autor al que tanto apelan las discográficas.

No me cabe duda de que producir y distribuir soportes físicos ya no tiene ningún sentido. Limitar la trascendencia de la música es un acto despreciable de intermediarios que pretenden proteger a los creadores.

Spotify ya ha tenido que ceder parte de sus acciones a las disqueras, además de los pagos por la distribución. Esperemos que logre sobrevivir a esta prueba y no restringa todavía más su versión gratuita.

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Omar Márquez
omarquez@marketingcapacitacion.com

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